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LA TRANSVERSALIDAD DEL PATRIARCADO

  • Antonio
  • 12 abr
  • 7 Min. de lectura

El patriarcado, en su expresión actual de capitalismo avanzado y salvaje como modelo de producción y de neoliberalismo como forma dominante de pensamiento, atraviesa la vida de la gente ya sea con tendencia sociológica a la derecha o a la izquierda, en sus diversos grados y a todos los géneros. O sea es una cuestión transversal en tanto que ponemos en valor la herencia ancestral de dominio de un sexo (el masculino) hacia otro (femenino), de subyugación y, por tanto, de invisibilidad aunque, incluso, dentro de las fases del patriarcado no siempre fue así. Cuando la mujer, como género, pasa de ser un sujeto activo de la comunidad a la que pertenecía, a un objeto decorativo o sujeto pasivo anulado, es cuando se agudiza y cobra forma la violencia estructural de ese modelo relacional que se fue implantando a partir de un proceso histórico que hoy conocemos como patriarcado. Va tomando forma la supeditación, la sumisión, de la mujer hacia la figura del hombre y, en consecuencia, se va agotando la etapa de independencia de ella respecto al conjunto de la comunidad como sujeto con entidad propia, con capacidad autónoma de proveer de recursos a través de su esfuerzo y, asimismo, con capacidad para disfrutar de su cuerpo con quien le apeteciera sin tener que dar explicaciones. La antropología nos da pistas sobre los distintos modelos de familia no monógamas y, por tanto, las distintas formas de relaciones surgidas en el seno de la tribu aunque, eso sí, básicamente podemos resumir con la palabra bisexualidad. La práctica de apareamiento en el ser humano, incluso echado a andar el patriarcado hace unos 600 mil años, era indistinta entre un género y otro o entre el mismo género cuando se trataba de obtener placer a través del sexo y del amor en común. O sea, en términos actuales, las relaciones eran abiertas además de bisexuales en tanto que se tenía la propiedad (valga la expresión) de la voluntad de decidir con quién, cuándo y cómo mantener relaciones sexuales sin tener que dar explicaciones. Incluso en el sistema patriarcal se mantenía subyacente la idea de una línea matriarcal de descendencia en la que se sabía, ciertamente, quién era la madre pero no quién era el padre. Pero un sistema, una estructura existencial, no muta de un día para otro. Puede tardar miles de años en avanzar posiciones como así ha ido ocurriendo hasta que van surgiendo los fenómenos religiosos como mecanismos de poder y control mental para hacer posible la enajenación de una mayoría de la población por una minoritaria, generalmente perteneciente a la élite del momento en cualquiera de sus diversas expresiones históricas considerando, además, que en la parte controlada o sumisa hay un segmento de población sobre la que va a recaer un mayor control debido a ese sesgo heredado de diferencia en la consideración como inferior. Aquí prácticamente ha ido entrando la mujer-hembra como ser inferior y, lo más importante, como propiedad del macho-varón, en un proceso de degradación de la conciencia humana en tanto que para existir una parte debía enajenar a otra. Y en este proceso histórico surge el fenómeno que conocemos como prostitución, primeramente como muestra de gratitud, a través del sexo, hacia la parte de la comunidad que atendía a la mujer que se encontraba desvalida o abandonada y la acogía en su grupo, y luego como forma de rebeldía emancipatoria ante el desplazamiento de su autonomía hacia la sumisión a los machos. La mujer solo tenía ese mecanismo para seguir preservando su existencia, y desde ese momento hasta hoy ya vemos en qué y cómo derivó esa actitud de rebeldía. Pero, obviamente, todos estos cambios en las sociedades ancestrales se van consolidando conforme, asimismo, van cambiando las formas de subsistencia o los modos de producir el sustento, las formas de habitabilidad del nomadismo al sedentarismo y la construcción de sociedades y, por supuesto, las formas sociales de relacionarse las distintas comunidades a través de las tribus en un primer proceso. O sea formas de gobierno o administración con sus propias normas. Todo ello, a su vez como entramado, iba dando lugar a un modelo de relación entre los individuos cuya amplitud relacional iba menguando conforme pasaba el tiempo, con lo que de modelos de uniones endógenas grupales se iba pasando a uniones exógenas que, a su vez, iban restringiendo el modelo conyugal (o de unión) para aterrizar, finalmente, en la monogamia. Por tanto estamos ante un modelo de relación que, en su proceso histórico, el patriarcado ha establecido como el modelo a seguir amparado, además, en motivaciones supuestamente religiosas sin las cuales no se entendería dicho modelo y bajo el signo de la unión heterosexual. Exclusividad por partida doble, en cuanto a modelo de relación y de orientación sexual. Pero, he aquí la cuestión, del patriarcado heredamos directamente los celos que son la expresión directa del sentido de la propiedad en una pareja, de una parte hacia la otra (da igual en qué sentido) o entre ambas partes. Una expresión muy concreta del dominio, control, poder que en su mayoría ejerce el hombre hacia la mujer y su extremo es la violencia tanto psicológica como física con o sin resultado de muerte. Es lo que conocemos como violencia de género. Si bien los celos se pueden dar por igual entre los miembros de una pareja, la expresión violenta recae en el factor masculino sea cual sea la forma de la misma. Por tanto, a partir de aquí hemos de cuestionar al patriarcado en cada una de sus manifestaciones y cuestionarnos individualmente cuál es nuestra posición al respecto. Y ello implica poner patas arriba nuestro patrón cultural de creencias acerca de nuestro modelo de relaciones basado en la exclusividad, la desconfianza, la hipocresía, la culpabilidad, el control, la violencia más o menos sutil, porque el patriarcado como estructura mental es transversal a todo tipo de personas con creencias religiosas o no, políticas en cualquier segmento del arco ideológico desde lo más derecho a lo más izquierdo, si bien debemos considerar que es la hipocresía la actitud más ajustada en el arco derecho que en el izquierdo pero, también, la falta de valor -en este lado del espectro- de querer enfrentar que el mal estructural lo tenemos muy asimilado, tanto que vivimos cómodo con el mismo sin llegar al fondo de la cuestión. No nos interpelamos directamente sino a través de los acontecimientos cuando hay episodios de violencia, con o sin resultado de muerte. Pero pasado el episodio volvemos a nuestra vida cotidiana cargada de contradicciones sobre las que no queremos cabalgar quizá por miedo, el del hombre, a perder ese privilegio que le otorga el patriarcado de control sobre la pareja y aquí, también, incluyo a la pareja no heterosexual ya sea gay o lésbica. Repito, el modelo patriarcal afecta a todo tipo de parejas porque va en la estructura mental de las personas con independencia de su orientación sexual. Por tanto, desde una perspectiva ideológica en el espectro de la izquierda, debemos acometer -aunque nos duela- una profunda transformación en el modo de sentir que se acompañe con el de pensar y eso pasa, igualmente, por posicionarnos bajo el esquema de relaciones abiertas al margen que tengamos una pareja principal con la que construimos un hogar, ya que de esta forma ponemos en valor el amor real, el del sentimiento profundo hacia la otra persona con la que podemos compartir algo más que cama, el amor hacia cada una de las personas con las que estemos. No es amor romántico, es un amor consecuente e incondicional el que debe movernos a cambiar nuestra forma de pensar y sentir de forma sincronizada o unitaria sin temor, por otro lado, a que una parte de la sociedad nos tache de depravados, libertinos o cosas por el estilo. Pasar por encima de credos religiosos, de estructuras sociales que, por otro lado, son burguesas, nos llevará -desde nuestra posición en el marco de relaciones- a cuestionar el mismo sistema y sus raíces podridas hasta el fondo. Aferrarse a lo que está caduco, a lo que es decadente, solo produce dolor por la resistencia que ofrecemos al cambio. Si no hay una educación sexual liberadora desde la infancia es porque somos esclavos de nuestros patrones mentales, y la educación sexual no es una cuestión exclusiva del ámbito “familiar” (en su sentido clásico) sino debe ser responsabilidad comunitaria en la que participan más actores de la vida, desde los progenitores a educadores, amistades íntimas etc. Nuestras generaciones más jóvenes, las actuales y las venideras, deben tener acceso a una formación integral en el desarrollo y comprensión de su propia sexualidad, formación que no se entiende sin una práctica responsable del sexo como encuentro vital de disfrute que debe ser guiada por la experiencia adulta. Pero si ésta se ciñe al modelo clásico de relaciones cerradas, cargadas de hipocresía y falta de valor transformador, entonces no habrá avance ninguno. Hay que reivindicar la ruptura de tabúes en sexualidad y uno de ellos es el de la monogamia sin que, además, caigamos en la relación poliamorosa como un producto más de consumo capitalista. Va mucho más allá de esto, va de recuperar el término libertario en su acepción profunda. Relaciones basadas en la libertad de sentimiento acompañadas de la confianza, de todo cuanto implica generosidad, complicidad, responsabilidad. Amar es un verbo que expresa algo infinito y trascendente y que, ciertamente, no se conjuga bien con la exclusividad. En la gente que nos definimos de izquierda hay una enorme responsabilidad histórica de hacer saltar por los aires el patrón mental del patriarcado, y eso implica desprendernos de todas las creencias heredadas y adquiridas a lo largo de nuestro proceso existencial sin cuya actitud de desprendimiento y renuncia al poder sobre la otra persona, a través del chantaje emocional, no habrá transformación posible alguna que haga desaparecer el patriarcado y lo que significa su arraigo en nuestro ADN.

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