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LA IGLESIA Y LA MEDALLA A FRANCO

  • Antonio
  • hace 2 días
  • 5 min de lectura



En 1953 Pío XII, a la sazón jefe de la iglesia católica, concedió al dictador Francisco Franco Bahamonde (Paca la culona, para las amistades) el gran collar de la Suprema Orden de Cristo. Ahí es nada. Y ahora entramos en el contexto histórico, para lo cual habría que indicar quién era ese Papa y por qué lo de esa distinción que, por cierto, es al único español concedido por la iglesia católica. Sí, a un dictador.

Pío XII procedía de una familia aristocrática con fuertes vínculos con la estructura eclesiástica. Su padre era Senador del Reino de Italia, y en el conjunto de la familia ésta tenía conexiones con la administración y la curia. Cuando accede a la jefatura de la iglesia hay un contexto histórico bastante convulso con los nazis en el poder y sembrando la destrucción en Europa, ya que ascendió al papado en 1939 con lo que su figura coincide con la Guerra Mundial y lo que se denomina como Guerra Fría. Ahora, bien, su personaje es bien controvertido ya que si, por un lado, la comunidad judía agradeció sus intervenciones en favor de la misma durante el horror nazi, no es menos cierto que -a la par- fue un operador político anticomunista, un activista en toda regla que declaró abiertamente la “guerra” al Partido Comunista italiano llegando a declarar que quien perteneciese o estuviese vinculado de forma abierta sería excomulgado. Ese activismo le llevó a impulsar el nacimiento y crecimiento de la Democracia Cristiana, así como la creación del medio escrito de propaganda vaticana L´Osservatore Romano y Radio Vaticano. Entendió que sin los medios no se ejercía influencia. Su anticomunismo militante fue, ciertamente, lo que le llevó a conceder esa medalla a un dictador como Franco por su papel de protección a la Iglesia católica española, contra el anticlericalismo de la República, por su cruzada -dicho de otro modo- contra el rojo. No debió parecerle tan autoritario como a otros regímenes totalitarios (léase del bloque del Pacto de Varsovia) contra los que ejercía la influencia que le otorgaba su posición.

Esa misma iglesia, la de 1953, pero 73 años después aún sigue manteniendo esa medalla y, además, siendo recibido su jefe en nuestro suelo durante todo lo que conocemos como período democrático. Desde 1978 tres jefes de la iglesia han visitado nuestro suelo en un total de nueve ocasiones incluida la actual de León XIV. Juan Pablo II visitó España por primera vez en 1982, del 31 de octubre al 9 de noviembre, justo después de las elecciones en las que el PSOE arrasó en aquellas elecciones. Luego hubo cuatro visitas más. El siguiente fue Benedicto XVI cuya primera visita fue en Valencia, de la que nos queda aún el recuerdo el pufo económico de la corrupción sistémica del PP en la comunidad, fue del 8 al 9 de julio de 2006. A nadie con algo de información se le escapa que estos dos papados estuvieron marcados por el impulso dado a sectas reaccionarias o ultraconservadoras en el seno de la iglesia, además del consabido silencio sobre los abusos menores. Ya sabemos que el Opus Dei fue la secta preferida por Juan Pablo II, a la que le dio poder dentro del Vaticano, y sobre la que, igualmente, sabemos de sus tropelías de explotación, semiesclavitud y abusos sexuales. Todo un ejemplo. Estos Papas, desde sus respectivas posiciones, fueron azote de cualquier medida progresista como, por ejemplo, el matrimonio igualitario o el derecho al aborto pero qué cosas que el actual, de signo más aperturista, también coincide con los carcamales citados. Esto que reflejo es para poner contexto a la cuestión central sobre la que trato al principio, la medalla a un dictador por sus inestimables servicios y apoyo a la iglesia. Vamos, por matar rojos, perseguir a mujeres no convencionales a través del Patronato de la mujer, denigrar a maricones, o sea por reprimir sin contemplaciones aunque, eso sí, bajo palio siempre, a una buena parte de la población. Lo de la piedad a Pio XII solo le pareció bien para el judío europeo, pero me estalla la cabeza pensar que este tipo se entrevistara con Hitler en Hendaya, que rechazara las prácticas de uno pero no la del otro. A mí, la verdad, me da igual porque ya sabemos que la iglesia es una gran estafa piramidal y sobre la que ya he escrito con anterioridad, de forma extensa a través de múltiples artículos tirando de historia antigua. La cuestión es que, a día de hoy, hay una medalla que la iglesia no ha retirado y nada sabemos que vaya a hacerlo lamentablemente, que ha habido varias visitas papales y que los privilegios hacia la iglesia se mantienen, además, renovados desde 1979. Y tal es así que, en estos momentos, el actual jefe León XIV ha dado, por primera vez, un discurso en la sede institucional de la soberanía popular, en el Congreso bajo el signo de un gobierno “progresista” que lo de la aconfesionalidad le queda algo lejos, y no te cuento ya si fuera laicidad plena. Esto, en pura lógica, dice poco de la normalidad democrática que el Estado, a través del Gobierno y de la figura del rey, presume que se tiene. Normalidad democrática que no repara el daño a las víctimas por abusos sexuales dentro de la iglesia española, de la situación de los bebés robados justamente bajo el amparo del régimen de Franco, el de la medalla, y que se extendió durante los años 80, de las inmatriculaciones, de los desahucios a familias vulnerables etc. En una situación de normalidad democrática el Papa no sería recibido como jefe de Estado, no se oficiaría una misa en la calle para un millón de personas (aquí supongo que habría gente de izquierda), no largaría un discurso en el Congreso porque no es su sitio, no se utilizarían recursos públicos para todo el despliegue de la visita ni, asimismo, tampoco estaríamos con una tve volcada en esta historia porque la televisión pública informaría sin más sin especiales. Queda mucho por hacer primeramente con las víctimas que la iglesia española ha ido dejando por el camino durante los últimos 90 años, desde que hubo un golpe de Estado y no un alzamiento nacional o cruzada. Como ya he expresado víctimas por una trama de bebés robados para entregarlos a familias pudientes, víctimas de abusos sexuales en centros educativos, por cierto, vinculados a la iglesia en cualquiera de sus manifestaciones, víctimas de la codicia manifestada en los desahucios, víctimas invisibles por el tipo de educación represiva. Está bien que venga pero mejor aún que reciba a esas víctimas, está bien que hable pero no en el Congreso o Senado, está bien que hable de humanidad pero mucho mejor si, en nombre de ella, se le retiran los honores al dictador Franco antes de venir al país que sufrió ese escarnio durante décadas. Pero, he aquí la cuestión, y es que entre bomberos no se pisan la manguera y este Papa, me temo, no va a cancelar la acción de Pio XII. Espero que la próxima vez que alguien así decida venir tengamos, al menos, una República laica y con separación total y definitiva entre iglesia y Estado.

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