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VOTAR POR CONVICCION, NO DESDE EL MIEDO

Antonio
hace 5 minutos
5 min de lectura


Cuando llegan las campañas electorales, y máxime en las generales, se apela mucho a las emociones que, en algunos casos, hace que vayan a sacarnos de nuestra convicción hasta ese momento. Tanto es así que hay quienes convierten su campaña en un espectáculo (de eso los yankis saben mucho), en una performance continuada para atraer al votante, aunque todavía no sé muy bien a cuál. Si apelas al voto útil (sobre lo cual ya me pronuncié en mi anterior artículo El voto inútil) estás pidiendo una oportunidad más para seguir incumpliendo lo que prometiste en la anterior campaña. Esto históricamente ha sido así, ya que -hasta ahora- siempre que alguien ha apelado al voto útil no ha sido para promover auténticas políticas para la mayoría social sino para apuntalar a un régimen decadente (en España, el 78) y un sistema colapsado (el capitalista). Todo es cuestión de hacer memoria y observar con distancia porque debo repetir, y no me cansaré de hacerlo, que la petición de concentrar el voto en tu organización debe estar sustentada en una causa superior, sin mezquindades, como acabar con la pobreza infantil, por ejemplo, en un año y no como una medida para que simplemente te de votos y luego te olvides. El voto útil es el que sirve de verdad a la gente, el que está a su servicio, el que va a mejorar sus condiciones de vida del día a día y el que, trascendiendo lo básico, va a posibilitar un profundo cambio de paradigma o estructural que se aleje del parche. Y entonces, ciertamente, la gente puede sentirse interpelada porque esa es su convicción, porque sabe que lo prometido es una deuda que se va a cumplir y eso hace que la confianza se incremente exponencialmente. El problema surge cuando la “tradición”, en este caso, es traicionar lo prometido y de traiciones el pueblo sabe bien, pero tiene memoria de pez. Entonces cuando tienes amplios segmentos de población que entran en la duda, en la desmemoria, surge de un lado interpelar al miedo y de otro trabajar con la mentira, con la intoxicación de forma sistemática hasta volver insoportable el ambiente. Es tanta la desmemoria en la población que yo no sé si es ya por ignorancia, por estulticia o por incompetencia, porque no acordarse qué significa que tú y/o tu entorno os veáis agredidos en las pensiones, prestaciones sociales, servicios públicos (sanidad, educación en cualquier nivel etc.), no ver lo que está pasando en Argentina con Milei, en EEUU con Trump (empobrecimiento general de la población excepto los ultrarricos) o en el contexto europeo más cercano con las políticas neoliberales de recortes como en Francia, ciertamente es de una necedad en grado absoluto. O sea, alcanzar el grado más alto de la ignorancia que, a decir de Platón, era la peor de las demencias. Y cuando se vota desde la ignorancia y no desde la reflexión, desde el miedo y la “utilidad” y no desde la convicción, esto es lo que realmente te convierte en cómplice de todo cuanto luego acontezca. A mí no me hace ni puñetera gracia cuando observo que en un determinado país (por ejemplo Argentina) se vota a un imbécil, un lunático, y a los dos meses ya hay manifestaciones en la calle contra ese gobierno. Es que ya es tarde, joder. No puedes salir a manifestarte contra un gobierno que asalta tu bolsillo, tu dignidad, tu vida después de haberlo votado, porque es de ser completamente idiota. Eso hay que abordarlo antes del voto y actuar en consecuencia. Si tú quieres lo mejor para ti, tu vecina, tu familia, tus amistades, entonces qué coño piensas durante los meses anteriores (pongamos dos meses) antes de la votación. No piensas, engulles sin masticar cualquier mierda de información que te aparece en redes sociales, en televisión, en radio, o hasta en el Whatsapp. O sea tragas la desinformación o la información sesgada que te presentan. La gente más consciente sabe que oír o ver a determinada gente que se dice profesional es cuanto menos exponerse a la intoxicación, y desconectan hasta el canal de televisión de la TDT. Hay tanta gentuza mercenaria de la información que, incluso, alguna está disfrazada de progresista y cuesta al principio detectarla. Pero con algo de paciencia cuando se le lee entonces sabe uno del paño que va. Toda esta gente también son actores políticos que quieren influir en tu decisión que no está ideologizada, que no parte de la convicción sino del estímulo o de una engañosa emoción. Esta gente tiene sus intereses y está ideologizada, pero su convicción es el estatus quo, que el sistema no se altere mucho. Cuando se pierde la capacidad de discernir, analizar, reflexionar, se ha perdido la conexión con la realidad a la que hay que abordar, se ha perdido el horizonte sobre el que debemos caminar y hacia el que dirigirnos. Cuando el sistema está fallando no es totalmente correcto. El sistema tiene atados muy bien sus cabos que favorecen a las élites, a las oligarquías, que desinforma y que, por tanto, mantiene en el engaño o fraude al conjunto de la población. El sistema es compasivo con el rico y vehemente con el pobre, es adulador con los de arriba y despreciativo con los de abajo. Ser un buen ciudadano no consiste solamente en pagar tus impuestos, en respetar las normas básicas de convivencia, en cumplir con tus obligaciones sino, por supuesto, en conocer y ejercer tus derechos sin dejarte engañar o pisotear. Ser un buen ciudadano debe implicar la obligación implícita de saber discernir entre lo que te conviene y no precisamente como ciudadano, como habitante de una ciudad concreta y de un planeta. Hay que hacerse preguntas y responderlas, no dejar que sean los gurús sociales o políticos quienes las respondan por ti. Preguntas tan básicas ¿por qué no llego a final de mes si gano más que antes? ¿por qué me están diciendo que la culpa es de un pobre desgraciado que viene en patera?¿ por qué tenemos que emplear dinero en armas en lugar de invertirlo en beneficio social, por ejemplo para erradicar esa pobreza infantil? ¿quiénes me están defendiendo realmente en las instituciones y quiénes están impidiendo que mi entorno y yo vivamos mejor? ¿quiénes quieren agredirme si ganan, y quiénes protegerme de verdad? Hay muchas más preguntas que podríamos hacernos, pero basta con que nos preguntemos ¿realmente voy a votar desde el odio o el miedo y no desde la convicción? ¿soy consciente de la responsabilidad que contraigo si no lo hago por esa convicción, y que eso me convierte directamente en cómplice si las decisiones políticas vayan contra mis propios intereses? ¿tan imbécil me considero que voto a quien defiende a los ricos? Me da que por lo general en esta sociedad de consumo, el voto es un acto más de consumo pero como el de que come pasteles sabiendo que tiene diabetes.

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