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UNIDAD, QUÉ UNIDAD

  • Antonio
  • hace 2 días
  • 7 Min. de lectura


Una relación de pareja nos enseña que para que funcione debe haber unidad desde la individualidad de cada componente. O sea que dos (en este caso) conforman un equipo sin que una parte intente siquiera anular a la otra sino que sirva de complemento. Es lo que, en términos taoístas, se llama la complementariedad de los opuestos sin la cual no existe unidad sino la mera suma de dos individualidades sin un común denominador. Estas líneas vienen a colación respecto a cierta presión realizada sobre determinados operadores políticos, en el caso más sobre Podemos que sobre el resto, para que haya unidad, un término tan manoseado que está perdiendo su verdadera esencia o significado profundo. De ahí que me pregunte -parafraseando a Lenin- unidad, qué unidad o unidad para qué y unidad para quién que viene a ser lo mismo. La “unidad de la izquierda” se está tratando como si fuera un animal mitológico, un capricornio azul que nos cantaba Silvio Rodríguez y que se le perdió, que no se va a encontrar porque -en realidad- no existe. Cuando Podemos surgió lo hizo como una especie de movimiento, aunque sin un suelo firme donde pisar, un huracán que se llevó por delante el modelo clásico de representación política, que pateó el tablero político y social hace más de una década y que obligó a que la entonces izquierda clásica se posicionara o se recolocara después de perder el sitio que tenía otorgado en un rinconcito de ahí no te muevas. Reconozco que esa audacia a mí, personalmente, me descolocó también con una militancia social desde el año 1977 pero no me arrugó a la hora de subirme a la ola del pensamiento colectivo en las calles y, también, en las sedes de Izquierda Unida a la cual había pertenecido desde su embrión de Convocatoria por Andalucía. Ese movimiento de 15 M sirvió a mucha gente para despertar del letargo, y a otra para continuar su provecho de estar en el lugar acertado y en el momento oportuno para seguir obteniendo cierto beneficio social. Eso, también, venía acompañado del debate abierto previamente por Julio Anguita con el Frente Cívico y todo confluía, ciertamente, bajo el paraguas de la unidad cuyo término, asimismo, yo le oía decir a Julio unidad en base a qué o para qué. Aquella máxima de programa, programa, programa, creo que marcó a más de una generación de activistas pero, también, fue el objeto de las críticas de ciertos medios, y sus secuaces mediáticos, no sin cierta sorna. Algo así como no me rayes tanto con el programa si eso no lleva a algún sitio, o sea algo así como el técnico de fútbol que elige el resultado antes que la coherencia del buen juego sin marrullería. En el suelo patrio ya tenemos la costumbre de oír críticas, en política, cuando se quiere hablar desde la coherencia programática, de lo que se ofrece para cumplirlo en términos prácticos, de lo que se debe hacer más allá de lo que se pueda o te dejen hacer. A partir de ese 15 M, y a su calor, ya comenzaron a surgir las asambleas populares de las candidaturas unitarias (Unidad Popular) germen, diría yo, de lo que luego fue Unidos Podemos y después Unidas Podemos. En ese debate colectivo, en esas asambleas, recuerdo que el impulso era mucho más transversal y, por tanto, con espíritu unitario en tanto que las decisiones debían tomarse por consenso para no llegar a la ruptura que supone mayoría y minoría. Pero, como siempre, las organizaciones estructuradas y acostumbradas al control orgánico no daban pespuntada sin hilo acercándose a esas asambleas con ese mismo afán de control del proceso, algo que no siempre les salía como pretendían. No obstante, a nivel personal, yo ya apostaba porque cualquier candidatura en cualquier proceso fuera inclusiva, integradora más allá de siglas (ya se venía de la experiencia del gazpacho en el que desembocó IU) porque al final eran los aparatos políticos los que determinaban qué, cuándo, cómo y no la base organizada. Ese movimiento fue lo que dio forma a Podemos que supo leer el momento político, algo que no hizo la dirección de IU, bajo la dirección de Cayo Lara a nivel estatal. Vuelvo a repetir, a mí me descolocó tanto descaro, tanta audacia, a la que finalmente pude entender pero manteniendo, eso sí, mi criterio que era el momento de una unidad largamente esperada que trascendiera lo orgánico. Todo parecía, como así fue, que las fuerzas emergentes en sus territorios -nacionalismos periféricos de izquierda- como fue el caso de Anova en Galiza, Compromís en el País Valenciá, los Comuns en Catalunya, CHA en Aragón, acompañarían a fuerzas estatales comandadas por Podemos e IU que, debo recordar, fue rescatada -generosamente- por Podemos del rincón del tablero con dos diputados, a través del conocido pacto de los botellines. Una de mis mayores alegrías políticas hasta entonces fue ese pacto de confluencia plurinacional, ya que yo no hubiera entendido otra cosa y de no haberse producido entonces hubiese tenido un serio problema ya que venía de haber militado en IU durante años donde me dejé la piel para que otra gente hiciese su carrera con sus liberaciones, y que si bien tenía ese desprecio por la forma de entender la política todavía me quedaba por entender a la nueva fuerza emergente. Y entonces comenzó un nuevo ciclo en política que hizo virar al PSOE hacia posiciones más de izquierda y abandonase su zona de confort sistémico del régimen del 78. Un ciclo en el que, finalmente, comencé a aportar lo que podía pero ya en los círculos sectoriales de Podemos. Esa unidad o confluencia plurinacional sí que la veía y por la que apostaba echando, incluso, de menos a la gente de EH Bildu en un proyecto más ambicioso sin que tuviesen que renunciar a sus posiciones abertzales. Pero la unidad comenzó a quebrarse por dos vías, una interna con traiciones y mala praxis, y otra de acoso y derribo contra, particularmente, Podemos (contra IU nada) donde ya es conocida toda la operación para debilitar a una fuerza que pudo lograr casi darle el sorpasso al PSOE quien, a su vez, pone su maquinaria en marcha a través de Moncloa para convocar y convocar elecciones, pero antes ya el PP con M. Rajoy al frente también puso su maquinaria política, policial, mediática y judicial a trabajar para enfangar a una organización que ha demostrado no tener un solo caso de corrupción habiendo gobernado autonomías y ayuntamientos. Al PSOE le ha preocupado mucho la unidad a su izquierda pero no lo hizo cuando había una organización fuerte en número -aunque débil en suelo territorial- a la que hizo lo posible por menguarla y actuando, operando, con el clásico Judas. Uno (PSOE) ejerciendo de Sanedrín condenatorio y otra parte (Yolanda Díaz) de Judas montando la operación Sumar que no era otra cosa que suplir el original Podemos por una mala copia, un plato de la abuela por un gourmet caro y de poca consistencia. Pasa el tiempo y la marca, exitosa, de Unidas Podemos se cambia por la de Sumar con Yolanda Diaz (venida de la confluencia gallega) a la cabeza, encandilada por las encuestas que siempre le daban la mejor valoración en el gobierno, y por la progresía mediática que le daba cancha. El liderazgo impostado que se llama, encajado en los marcos burgueses imperantes. Llegan las elecciones del 23 J y en ese proceso es cuando, finalmente, ya sabemos de qué pata cojea la mesa de Sumar. Había que sumar restando, o sea vetando a activos políticos de Podemos y arrinconando lo que quedaba sin opciones, incluso, de mantener cierta autonomía de iniciativa política como sí ocurrió la anterior etapa -la más exitosa en política, en cuarenta años-, fraguándose de esta forma una ruptura anunciada que ya había dado señales en Andalucía con la marca Por Andalucía -que venía de Adelante Andalucía- y aquel registro fantasma donde dejaron a los parlamentarios de Podemos como independientes, previa imposición también de la candidata a dedo por la ínclita Yolanda. Cuatro años después de esto último un ciudadano de a pie como yo tiene que ver cómo se presiona para la unidad como animal mitológico, en vista del crecimiento de la extrema derecha, de forma que da igual cómo se haga, da igual que el puzzle tenga más piezas aunque estas no encajen. No importa jugar mal, yo quiero ganar o, mejor, quiero no perder aunque, para eso, tenga que arrinconar a mi compañera de viaje. Unidad mezquina, cicatera, con el sello de Sumar que es restar. Unidad sin un debate para elegir candidatura puesto que ha sido autoimpuesta, en plan paracaídas, sin debate programático pero Podemos, quizá por la presión externa, ha dado un volantazo a última hora renunciando, incluso, a tener presencia en el Parlamento que, por lo visto, no va a tener salvo sorpresa para que el voto no se disperse hacia la abstención. Podemos no pone condiciones ni vetos, pero esa gente de Sumar de la que usted me habla ha pagado nuevamente con moneda falsa la generosidad obtenida hace tiempo sacrificando, esta vez, sí una auténtica unidad futura de largo alcance por un sálvese quien pueda cortoplacista para mantener algunos parlamentarios que puedan darle el voto al PSOE, con María Jesús Montero a la cabeza, si dan los números sin, además, casi nada a cambio. La misma candidata que fue Consejera de Salud y que abrió la veda a externalizaciones en la Sanidad Andaluza. Ciertamente, aunque no lo parezca, la cicatería de Izquierda Unida y Sumar (que le sobra asiento en un microbús) solo ha hecho que cualquier confluencia de más largo alcance y duradera no sea posible, no porque Podemos le devuelva la jugada sino por la incapacidad manifiesta que han demostrado en gestionar un proceso que no es más que un parche. No voy a abstenerme pero el sentido de mi voto ahora está en el aire porque la pregunta de unidad para qué no está resuelta. Espero ver que lo que se ha querido certificar como muerte política (de Podemos) no sea más que el nacimiento de algo nuevo donde, además, ya no va a caber todo el mundo porque quien a hierro mata a hierro muere por su propia impericia de no saber manejar la espada.

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