UN NUEVO CONTRATO SOCIAL (Y 3)
- Antonio
- 22 feb
- 7 Min. de lectura

Como quiera que en el anterior artículo dejé claro que nuestra sociedad es un estercolero intelectual, debo decir que esta afirmación no es producto de un ataque de rabia, indignación o impotencia. Es el resultado de la observación de un proceso que se ha venido fraguando durante años donde, en realidad, lo que importa es la banalización de lo importante para convertirlo en un elemento desechable que, a su vez, nos ha ido llevando hacia la inversión conceptual o terminológica fundamentalmente en el terreno social y político. Banalización que está directamente relacionada con la ignorancia, o sea con el analfabetismo funcional de una gran parte de la población aun teniendo ésta estudios universitarios. Ejemplos se pueden extraer múltiples y variados en su representación. Para mí, como formador, uno de los elementos claves de ese analfabetismo funcional está en no saber siquiera escribir, no tener vocabulario que le dé riqueza a las expresiones del pensamiento que estás transmitiendo. Un enorme desconocimiento de los sinónimos, antónimos, de los adjetivos, de las construcciones gramaticales en donde una sintaxis adecuada le da belleza a una frase, armonía a lo expresado, donde un acento o una coma no colocada o mal colocada puede cambiar el sentido de lo que se está expresando de forma sustancial. Faltas de ortografía, malas construcciones sintácticas, las encontramos en gente que dice ser periodista, abogado, médico etc. Gente que se supone debió esforzarse en su momento para que no le tumbaran un examen por faltas de ortografía, pero...Sí, creo que ese nivel de exigencia se fue aparcando a la par que crecía el uso de la tecnología con la aparición de los móviles en nuestra vida donde escribir bien no se llevaba ni se lleva. Una sociedad muy tecnificada, gente con estudios universitarios, que no sabe expresarse en la lengua cervantina pero sí presume de tener un máster y hablar inglés. Se nos vendió, bajo el paraguas de la oportunidad, la idea de ser bilingües en los colegios que no es otra cosa que adiestrarnos para servir mejor a los intereses del capital global cuya lengua es el inglés. O sea, yo le llamo colonialismo cultural.
Toda esta introducción se estarán preguntando que para qué. Pues justo para enfrentar que una sociedad no avanza por tener más conocimiento racional sino por tener más sabiduría y llevarla a cabo en el día a día. El centro de cualquier transformación social, como la que traigo a partir de un nuevo contrato social, está en trabajar elementos muy internos que irradien hacia afuera. Seguir los dictados del corazón, utilizar la intuición como fuente de conocimiento profundo, hace posible que un autodidacta pueda existir y dé grandes momentos a la sociedad pero, sin embargo, en la sociedad actual la persona autodidacta está prácticamente proscrita, es una rara avis casi consentida por compasión o como parte de un show social que puede generar noticia. La persona autodidacta no le interesa al sistema ya que se sale de sus márgenes y no le da beneficios como consumidora fiel en una determinada cuestión. Grandes mentes en diversos campos como literatura, filosofía, música, invención o innovación que se llama ahora, nos trajeron luz a una sociedad que se aprovechó de su aportación. Casos muy conocidos son Leonardo da Vinci, Franklin, Ada Lovelace (primera programadora), Emily Dichinson, Miguel Hernández era casi analfabeto, Antonio Machado, Beethoven (que con sordera componía mentalmente como la 9ª sinfonía), Mozart que a los tres años tocaba de oída, y una lista que podría ocupar varias páginas, eran personas con un talento innato que desarrollaron, no lo guardaron para sí, que nos han brindado compartir sus conocimientos, su saber. Hoy estamos en un tiempo oscuro donde lo que impera es la ignorancia, el odio, la sinrazón, la banalidad, aun teniendo más gente titulada que nunca. Por tanto, en un nuevo contrato social todo lo que creemos que vale probablemente no lo valga porque el paradigma habrá cambiado, también en el conocimiento. Esto vale decir que hemos de girar de una sociedad de recursos humanos a una de talentos y, entonces, quizá -y sólo quizá- podríamos atisbar un hilo de humanidad en las relaciones sociales. Y cuando hablo de banalidad solamente tendríamos que acudir, nuevamente, a la observación de la retórica filofascista (máximo exponente actual Trump y sus satélites) y asumida por las posiciones esas que llamamos “democráticas” liberales. Se califica de dictadura a un pais que celebra elecciones y consultas populares (Venezuela) pero no a uno con clanes absolutistas donde no hay una sola elección (Emiratos Árabes Unidos, por ejemplo), se le tilda a un Jefe de Estado de pertenecer a un cartel inexistente de narcotráfico (Los Soles, Maduro) pero, a la par, el emperador Trump contiene en su país el mayor número de laboratorios que fabrican droga sintética sin tener que ir a Colombia, por ejemplo. Esto se llama principio de transposición, en el que aquello que tú haces se lo imputas al contrario y cualquier mentira repetida mil veces terminará siendo verdad. Se ha llegado al punto o extremo que cualquier acto terrorista realmente, a día de hoy, proviene más de Estados a los que se le designa estatus de democrático que de grupos violentos ya que, además, estos Estados, concretamente EEUU e Israel, tradicionalmente han promovido y financiado grupos que puedan agitar aguas en otros países o zonas de influencia y que, a la postre, incluso se han vuelto en contra de los patrocinadores pero, sin embargo, el terrorista es el otro nunca tú. Asimismo, en este contexto internacional, tenemos unas instituciones que hace mucho tiempo dejaron de ser funcionales, que no sirven a intereses globales, que son una fachada de un edificio que se cae a pedazos. Es el caso de la ONU cuyas resoluciones no sirven, en absoluto, por ejemplo para frenar a un Estado como el de Israel en su genocidio contra el pueblo de Palestina desde hace prácticamente 80 años, quien -además- ataca impunemente a soldados cascos azules en misión mandatada por la ONU, asesina a periodistas, arrasa con la UNRWA donde quiera que tenga presencia. EEUU secuestra a un Jefe de Estado (Nicolás Maduro) y no hay consecuencias tampoco, secuestra barcos con bandera extranjera en aguas internacionales etc., queda impune la violación del derecho internacional que se viene haciendo en todo momento. No importa que pueda ser una flotilla humanitaria, un Jefe de Estado, un pueblo entero, que el mundo con reglas ya está falleciendo. Se impone la impunidad, la desobediencia a la comunidad internacional y sus leyes e instituciones simplemente porque siempre fueron las instituciones como la ONU una mera fachada, la cara amable de un sistema que no entiende lo que es la humanidad. Este es el nivel que tenemos de aceptar lo inaceptable pervirtiendo, además, el significado de palabras, instituciones, de asesinar a la verdad. Y es que, volviendo al principio, una sociedad que produce basura humana dirigiendo a países está abocada a su propia extinción, y esa basura -a día de hoy- se está extendiendo peligrosamente como una enfermedad en fase terminal. En el nombre de Dios se han exterminado pueblos, se han expoliado recursos, se han hecho guerras en una palabra. En el nombre de la democracia se ha hecho lo mismo. Y es que esa basura humana dice, además, ser creyente aunque muy bien no sabemos en qué y qué casualidad que son quienes más usan el comodín de la religión como fetiche del poder. Vuelven a los orígenes donde religión es igual a poder. A día de hoy los golpes ya se dan, incluso, utilizando el cauce de las urnas a las que acudimos cada equis tiempo para ejercer de sujetos pasivos si es que lo hacemos. Si permitimos, alentamos, damos altavoz a ideas que solo implementan violencia contra otras personas por pertenecer a la comunidad LGTBIQ+, por ser negro, árabe, sudamericano de piel oscura, por sufrir violencia machista, por ser simplemente mujer inteligente a la que se le acosa llegando, incluso, hasta su propio domicilio sin que haya consecuencias inmediatas de detención y pase a calabozo. Cuando se permite y se alientan y protegen estos grupos se dice que se pone en entredicho la democracia, y yo digo que está en juego la dignidad humana. Por tanto estos grupos y personas han de ser eliminados de la ecuación social, no tienen cabida en una sociedad sana. Pero, claro está, si tienen cabida y protección es porque esta sociedad padece una enfermedad terminal. Así, pues, en una sociedad bajo un nuevo contrato social esto no tendría cabida alguna. Es como pretender que no adquieras una enfermedad o directamente te asfixies si constantemente te estás intoxicando con monóxido de carbono, y cuando ya la has adquirido entonces aparecen los gurús sociales preguntándose cómo es posible que enfermara ese individuo, aplicando la medicina del síntoma extremo y no de la causa. El problema que haya basura humana está en la base, en cómo se construye y se le alimenta desde la cuna, en una ausencia del más mínimo pensamiento realmente crítico en su sentido profundo que es el que combate el mal de forma radical sin paños calientes. Hablamos de educación, de la experiencia vital integrada como forma de aprendizaje continuo. Hablamos de cultura como manifestación popular, nacida en las profundidades de los pueblos, que no se somete a los dictados mercantilistas, que está siendo desplazada por expresiones de diseño elitista. Así, pues, pone en pie un nuevo contrato social es construir la nueva humanidad en el sentido marxiano de la palabra, de autoliberación como individuo y clase social frente a la explotación de los poderes incluido el Estado ya que éste, en sí mismo, es un factor de opresión y represión hacia la mayoría social. En un nuevo contrato social conquistar el poder, en toda su extensión, es hacerlo desde lo colectivo donde no valen los viejos parámetros incluidos los modelos clásicos de partidos ni la representación que nos concede la democracia burguesa, porque no vale gestionar las migajas de un sistema para repartirlas y llamarle redistribución de la riqueza cuando, en realidad, se trata de eliminar de la ecuación el control de la riqueza en el 1% de la población. A esto se le llama impugnar el sistema actual de valores al que no hemos llegado por casualidad sino fruto de un proceso histórico donde todo es mercancía y donde todo, para alcanzarla y poseerla, está permitido. Una nueva moral tanto individual como social se tiene que abrir paso en todos y cada uno de los aspectos de nuestra existencia, porque no hay cambio colectivo, asimismo, sin un cambio individual interiorizado. Las transformaciones tienen una doble dirección dentro-fuera y fuera-dentro, y el nuevo contrato social llegaría para acabar, incluso, con quienes emplean la tibieza en sus acciones y reacciones sin un firme compromiso con la vida. Acabaría, en definitiva, por hacer saltar los cerrojos de lo aprendido, para desaprenderlo y volver a aprender.



Comentarios