RECUPERAR LA CALLE (Y 3)
- Antonio
- hace 2 días
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Cuando la gente dice “todos los políticos son iguales” habría que analizar profundamente ese sentimiento que, aunque no comparto, lleva a tal expresión de generalidad, y puede que a lo mejor la gente quiere decir no me fío del sistema, no me fío de cómo se hacen las cosas porque yo a final de mes no llego, porque me prometes y no cumples, porque no entiende que solamente desde la organización, desde la colectividad, podemos avanzar. Quizá tenga que ver el crecimiento de la extrema derecha con algo de esto, con capitalizar -con apoyo mediático- el descontento, el desconcierto, la desubicación por desinformación, de la población, introduciendo los elementos clásicos del racismo y la xenofobia, de hacer que el último se pelee con el penúltimo desviando la atención de la verdadera naturaleza del pensamiento ultraliberal neofascista haciendo que si ahora te quejas mañana ya sea tarde. Estamos en un momento de enorme confusión, de la más absoluta ignorancia bajo el poder de la desinformación y, por eso mismo, es importante crear, sostener, difundir desde canales alternativos un pensamiento crítico contra el sistema en el que sean perfectamente reconocibles todas las piezas. Estamos jugando en un tablero amañado desde la base porque las reglas del juego no son las mismas para todas las personas, y eso -debo decirlo- trasciende al debate monarquía-república en el caso español. Es algo más profundo, más estructural. Hablamos de todos los poderes y sus intereses cruzados, de los entresijos, de la podredumbre funcional, sistémica, que existe que no solo toca lo ético o moral sino, también, a lo intelectual habida cuenta que el pensamiento colectivo parece ser ya una quimera. Si esto lo representamos en un tablero de ajedrez vendría a ser como jugar un jugador con menos piezas que el otro jugador, por lo que el juego no es válido ni el tablero donde se juega tampoco. Este sistema se diseñó para y por la burguesía, en una alianza estratégica con clases populares a las que se abandonó, siguiendo el patrón de una hipotética democracia que no existe. Existe mucha interferencia en el “juego democrático” que hace inviable al mismo sistema sostenido por la mayoría social. Si vemos la correlación de fuerzas en el seno de la sociedad donde solamente el 1% contiene la riqueza del resto del 99%, donde ese 99% gestiona su existencia mediante renta de trabajo y escasamente por renta de capital, resulta cuanto menos incomprensible a un intelecto medio que las fuerzas políticas que deben canalizarlas no sean las que por afinidad defienden sus intereses sino las que los atacan y eliminan. Es incomprensible que alguien vote “libremente” a su propio verdugo, a su violador de derechos, y eso debe hacernos reflexionar profundamente en lugar de pensar en los mitos libertad y democracia. Se nos presenta al sistema económico capitalista como el único posible, a su forma política de representación como la más adecuada y lo otro ya es barbarie, se nos venden las ideas de igualdad de oportunidades, bienestar social, derechos fundamentales, derechos humanos, como auténticos referentes estandarizados para una democracia. Y si hay un pueblo que opta por una vía distinta, soberana para más señas, entonces está bajo un régimen tiránico al que hay que destruir, sea por el medio que sea. Cuando en un país no manda su pueblo sino los grupos de presión e intereses de las élites económicas y sociales que sí están representados en todas las esferas de poder (económico, judicial, mediático, militar-policial...) además del político, entonces es una democracia secuestrada en la que el pueblo no juega con el mismo número de fichas que su verdugo. No juega con tener su propia soberanía alimentaria, mediática, energética, bancaria, estratégica-defensiva..., porque lo ilusorio se ha apoderado y la soberanía se ha convertido en una bandera con la que no puedes comprarte una vivienda y ni siquiera alquilar una habitación, o un escaño al que puedas acudir para pedir explicaciones porque el sistema electoral no lo permite ya que está viciado en su dinámica interna. Cuando se habla de soberanía popular que reside en el Congreso es mentira. No es verdad porque las urnas hayan dictaminado un determinado tipo de resultado ya que estamos viendo cómo la derecha fascistizada española lleva años diciendo que el gobierno es ilegítimo y cómo esa derecha pone a todos sus operadores (judicial al frente) a funcionar contra un gobierno “progresista” al que le asusta intervenir el mercado de la vivienda, al que le asusta derogar leyes retrógradas y/o que sólo benefician a los de siempre. O sea, la derecha española es golpista por naturaleza y se lo puede permitir porque no hay una reacción contundente por parte de un poder inexistente. Si la izquierda (bueno, o lo que sea) gobierna debe entender que no ocupa los espacios de poder, ocupa sillones en el Consejo de Ministros, y que la representación diversa de la izquierda debe entender que los sillones que ocupan como “soberanía” popular es una auténtica farsa, sobre todo si ocupas un escaño que es el resultado de un coeficiente de restos por haber obtenido más votos en la provincia porque, oh casualidad, la circunscripción es provincial con la trampa que ello supone. Aquí se diseñó todo desde la gran mentira. Está ya demostrado que la Transición fue toda una estafa, que el paraguas democrático estandarizado no es más que la oficialización, la expresión política de unos determinados intereses. Si yo ostento el poder político en una autonomía concreta y desde ahí riego de mucha pasta a medios de agitación y desinformación, además de los convencionales comerciales, estoy trufando la información de patraña basada en la manipulación, el odio, la mentira directa. Si ostento el poder en un ayuntamiento y me dedico a hacer favores a cofradías, a determinadas asociaciones de vecinos o “culturales”, riego de dinero público via publicidad institucional a medios locales o teniendo uno municipal la pluralidad no existe. Se me ocurren mil y un ejemplos de cómo opera esta “democracia plena” donde los derechos a la salud y a la vivienda, por ejemplos, no están blindados constitucionalmente por derechos fundamentales, donde la protección ambiental es una quimera y cualquier medida se aparca si eso atenta contra los intereses de las grandes corporaciones, una “democracia” donde los derechos humanos no se contemplan y donde el orden internacional ha saltado por los aires, una “democracia” de cartón piedra, de decorado de cine para entretener al personal y esto es lo que me llevar a plantear aquí que, incluso, no basta ya con recuperar la calle sino que hay que patear todo el tablero. Y si se trata de audacia puede que, en estos momentos, lo más audaz sería dejar de operar para mantener el continuismo sistémico y validarlo por la vía de hechos como ver como normal que fuerzas políticas sin escrúpulos, que han utilizado o utilizan los resortes institucionales para su lucro personal o de partido robando a espuertas, xenófobas, racistas, machistas, supremacistas, se puedan sentar como representantes de la soberanía popular pero que luego sean capaces de entregar el bien común a manos extranjeras, que puedan saquear la sanidad o la enseñanza pública sin coste político alguno porque el sistema permite y ampara a los gobiernos autonómicos para que puedan desmontar un bien público para beneficio de empresas amigas, parejas etc., y aquí no pasa nada. Ningún proceso de transformación social profunda nació de los sillones de un Parlamento o Congreso, ninguna transformación nació en las instituciones sino en las calles. Ya vemos cómo opera el sistema contra la insurgencia, será momento de probar cómo opera la insurgencia frente al sistema, sin ambigüedades. No se trata de tirar un gobierno abajo desde posiciones golpistas, sino de impugnar un sistema entero y ahí es donde determinadas fuerzas que se dicen de izquierda se retratarían porque tendrían que escoger sin medias tintas, con claridad. Tengo 69 años y esto es lo que llevo pensando desde que tenía 20, con poca o ninguna fortuna por lo que veo. El 15M me devolvió una mirada perdida, una esperanza enterrada, pero para entonces yo ya estaba curtido en decepciones y lo que vino después de hediondez a cloaca (de toda índole) me pillaba vacunado de alguna forma. La resistencia de la izquierda clásica tampoco me extrañó. Con lo que no me encuentro vacunado es contra la indiferencia, la pasividad, la falta de pensamiento crítico, de análisis y propuestas audaces que rompan las actuales reglas del juego amañado en el que nos encontramos. No termino de vacunarme contra la estupidez que nos inunda. Hoy la calle se dirime también, cómo no, en el frente digital. La lucha de clases existe, solamente que no somos conscientes de ella ni siquiera que la vamos perdiendo, que la vida se nos va velozmente creyéndonos que el rico merece su riqueza y es mentira. El rico no debe existir y sí la riqueza, pero tú pobre te lo crees, y les votas aunque no se presenten. Y ese es el drama, porque tú -pobre- alimentas a la bestia que te sentencia y no a la esperanza de cambio, quizá porque salir a la calle ya no se lleva siquiera para tomar el fresco en el ocaso de un día o a lo mejor lo que se lleva es la mierda del tardeo o consumir la tarde como puedas. A lo mejor es por eso por lo que cualquier proceso revolucionario comenzó por la educación y el pensamiento colectivo como motor de cambio. Quizá sea bueno recordar el poema de Gabriel Celaya (cantado por Paco Ibáñez) “España en marcha”: ¡A la calle!, que ya es hora/ de pasearnos a cuerpo/ y mostrar que, pues vivimos, anunciamos algo nuevo”. Patear el tablero, tirando todas las fichas al suelo y recomponiendo la jugada de tú a tú, con el mismo número de piezas y con árbitros imparciales. Eso significa un nuevo orden social en todos los frentes, donde lo cultural no sea un mero producto de consumo en manos de determinados intereses, y que la basura mediática no se le llama producto cultural porque una sociedad que genera basura y consume basura, es una sociedad basura. Lo puedo decir más alto pero no más claro. No hace falta crear muchos robots mecánicos, ya están los de carne y hueso condenados a la esclavitud del trabajo, al servicio de unos intereses que enajenan no solo la mano de obra y se apropia del beneficio que genera vía plusvalía, sino que enajena hasta la última neurona disponible, y ya es decir con más de cien mil millones disponibles. Por eso voltear el tablero es defenestrar a todos los poderes de arriba abajo y viceversa, es desmontar las mentiras y hacer inviable que se publiquen, es desposeer de la figura de dioses a gente con toga que son un auténtico cáncer social y someterlos a procesos realmente democráticos, es apostar por la paz, es hacer inviable que ni siquiera la derecha pudiera presentarse a unas elecciones si no es bajo otro paradigma. Es tomar colectivamente el control, o sea que la mayoría se imponga a la minoría privilegiada donde, repito, esté permitida la riqueza y su disfrute pero proscrito el rico y sus mecanismos de explotación, es hacer que las bolsas de valores no tengan la más mínima importancia en la economía real puesto que no la representa. Hemos asumido que estas ideas están trasnochadas y ahí es donde nos vencen las élites. Que haya pobres es normal, que un tercio de la infancia española esté en riesgo de pobreza es normal aunque la macroeconomía vaya como un tiro, que se le compre y venda armamento a Israel (por ejemplo) es normal, que los EEUU dirija nuestras vidas es normal, que se asesine impunemente hasta su exterminio a una población es normal. Todo es “normal” porque entra en la lógica del sistema capitalista, pero -eso sí- poner el tablero patas arriba eso ya no es normal. Esto que digo lo piensa, asimismo, una parte que se dice de izquierda. Te dicen que no hay condiciones objetivas y tal, pero si le cuestionas cómo crearlas y por qué no se están creando a pesar del malestar entonces el discurso se empantana porque las ideas han quedado encajonadas en libros dentro de una estantería en una biblioteca cuya reseña dice “marxismo”.



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