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RECUPERAR LA CALLE (1)

  • Antonio
  • 5 may
  • 7 Min. de lectura
Ni vivienda sin gente, ni gente sin vivienda- Expulsar a los buitres- Vamos a ocuparlo todo
Ni vivienda sin gente, ni gente sin vivienda- Expulsar a los buitres- Vamos a ocuparlo todo

Venimos observando ciertos movimientos políticos tendentes a ofertar listas unitarias de cara a las próximas elecciones generales de 2027, como si de una cuestión terapéutica se tratase para que no nos alcance el virus del neofascismo. Y, ciertamente, me preocupa -como ciudadano apenas sin voz aunque tenga voto que para eso sí que quieren contar conmigo- que la “unidad” se oferte en términos de rédito o rentabilidad electoral, con esa mirada miope que nos viene caracterizando a una parte de la izquierda. Ya hemos visto que una sopa de siglas lo que se dice sumar, suma poco si de lo que se trata es eliminar a algunas variables de la ecuación con lo cual el resultado va a estar alterado ya desde sus comienzos. Y no voy a perder un segundo más porque me imagino que ya saben a qué operación política me refiero. Solo un apunte más, y es que lo de Andalucía ni se le ocurra repetirlo a nadie para unas generales. Al pan, pan y al vino, vino. Y ahora sí me voy adentrar en cómo veo, desde mi atalaya, eso de la unidad sobre la que ya escribí bajo el título “Unidad , qué unidad”. Unidad bajo qué parámetros es la cuestión, porque cuando oigo y leo a gente decir hay que unirse echando la responsabilidad, además, a quienes fueron expulsados del tablero pues jode un tanto. Qué quiere usted que le diga si me habla en ese tono de carroñería política, donde parece que lo importante sería sumar (otra vez) da igual lo que sea para que luego (otra vez) volvamos a tener casi el mismo escenario aunque, según algunas encuestas, con peores resultados. Y es que en esto de la política hay que contar con el factor humano invisible, ese llamado interés por el que alguna gente se mueve para no perder su sitio olvidando que si está ahí es porque la gente quiere que esté. Por eso lo de las primarias, en cualquier proceso para definir alianzas, es algo más que importante siempre que las mismas no se cortocircuiten lógicamente. ¡Ay, primarias!, para qué te quiero si tengo a una parte del cuarto poder (el de más periodismo) que me da cancha, que me adula pero me señala que no me junte con determinada gente porque no es bueno, aunque no sabemos si es para el negocio periodístico o para el negocio político de alguna gente que parece haber perdido el norte. Rufián (a quien considero su valía) anda el hombre enfrascado a ver cómo se articula eso de la “unidad” y así se hizo la charleta con Emilio Delgado a quien no le pintan bien las cosas en su propia organización, surgida con alevosía de la mano de Errejón contra su propia organización Podemos porque no soportaba perder nuevamente el debate interno. O sea primero monto el pifostio y luego, si acaso, clamo unidad pero siempre que te avengas a lo que yo planteo. Eso es un drama ciertamente, porque al final lo que planteas es para que no salga. O esa es la impresión que a mí me da. El segundo encuentro de Rufián (a quien tampoco le dan el placet en su partido para una operación de unidad) fue con Irene Montero, a quien le montaron -junto con su pareja Pablo Iglesias, cofundador de Podemos, una de las peores campañas fascistas en la puerta de su casa sin que Marlaska se despeinara mucho, o una de desprestigio hacia el Ministerio de Igualdad a raíz de la publicación de una serie de leyes que nos ponían en la vanguardia en materia de derechos sexuales y reproductivos, y que a determinadas “ilustres señorías” no les hacía mucha gracia con lo que se lanzaron a hacer una retorcida interpretación del Derecho para minar la credibilidad de la Ministra Irene Montero. Tanto es así que el Presidente aprovechó para subirse al carro de la disputa poniéndose contra su propia ministra, pactando una reforma con el PP (ya ves, cosas de la vida) porque, por lo visto, hay amigos de +50 años que no soportan tanto cambio en el feminismo. Joder, tengo 69 y ya con algo más de 20 años poníamos en jaque los modelos de relaciones y de familia. Ahora Pedro Sánchez se queja amargamente que acosen a su pareja (yo también me opongo a eso), que se hayan cargado al Fiscal General del Estado, y no desliza abiertamente su arrepentimiento de haber pactado con el PP la renovación del CGPJ porque ya sería demasiada humillación, sabiendo que eso del lawfare solo operaba contra Podemos y los independentistas. Estoy haciendo un poco de historia reciente, vista y vivida en primera persona como ciudadano anónimo, para que no olvidemos ciertas cuestiones cuando hablemos de unidad. El primero en callar debiera ser el mismo Presidente que fue a minar a Podemos desde el principio porque, claro está, podría haber sucedido que le quitaran el puesto de ser el primer partido de la “izquierda”, y pasó lo que pasó. Comenzó toda una operación, primero desde el PP, de guerra sucia apoyándose en las propias estructuras del Estado (cloacas de Interior y cloacas de la judicatura), así como en factores externos (léanse medios de “comunicación”), luego el PSOE intentó podemizarse (no tenía más remedio) y así empleaba un discurso que parecía de izquierda (derogación de la Ley Mordaza, por ejemplo, sin paliativos), pero con este partido pasa con lo de la gaseosa, abres la botella después de agitarla y se le va toda la fuerza por la boca. Y como al principio no podía dormir mucho porque estaba Pablo Iglesias en el Consejo de Ministros, tendría el hombre (y su equipo) que tomar valeriana o algo parecido, y así las cosas se fueron arrancando compromisos de avances en un gobierno mixto (de coalición) aunque lo de la geometría variable no se le olvidaba. O sea, seguir llamando partido de Estado al PP o lanzarle cantos a aquel engendro empresarial bancario llamado Ciudadanos, seguía siendo el eje discursivo y táctico de Pedro Sánchez y del PSOE bajo su dirección. Hasta aquí lo observado ha sido la apropiación de un discurso de izquierda procedente de la calle, la podemización discursiva, y otro institucional rogándole constantemente al PP (que se mea en la alfombra como un perro bravucón) avenirse a hacer pactos de Estado y bla bla bla. Pero siempre hay un algo, una oportunidad que se te puede presentar para afianzar tus posiciones. La operación Sumar surge en el tránsito del cambio de ciclo en el que, por un lado, a Podemos se le comienzan a abrir sus propias grietas internas (Errejonistas mediante) con una falta de base territorial sólida que no se atendió en su momento (Alberto Rodriguez era el secretario de organización cuando yo le envié una propuesta personal antifascista y no recibí una sola contestación, allá por el año 2019), y por otro cambian los liderazgos con la mala fortuna de Pablo Iglesias de señalar a Yolanda Díaz como el activo político que manejara el timón de la entonces Unidas Podemos. El PSOE vio la oportunidad (que la pintan calva se dice), y con Yolanda hizo el dueto de Pablo y Silvio. Yolanda era el no va más, hasta el punto que las encuestas (ayyyy, esas encuestas para los egos) le daban mes tras mes la ministra mejor valorada del gobierno, los medios de la “progresía” la enaltecían. Entrevista por aquí, cambio de look por allí. Yolanda, tú tranqui que la cosa ya está controlada. Para que Yolanda fuera “fuerte” había que debilitar a otra gente, y así es como Sumar nace de la debilidad de prescindir de activos políticos procedentes del espacio de Podemos (hasta ese momento, el motor del grupo) poniendo vetos ya conocidos sobre los que no me voy a extender. La operación estaba siendo un éxito, puesto que se vendía algo en el mercado electoral que, en cierta forma, era un fraude puesto que no se correspondía con la realidad que subyacía. Alguna gente ya decíamos por entonces, al ver esa inquina y mezquindad política, que era preferible multiplicar que sumar. Pero aquí se comenzó dividiendo (Errejón), luego restando (Yolanda), y luego se le llama suma al resultado de la división primera con los restos que quedaban de Unidas Podemos bajo otro paraguas. El problema que tiene alguna gente es la fragilidad de la memoria cuando la generosidad tenida con ella se tornó en devolver con mezquindad. Si amor con amor se debe pagar, eso no es lo que ha ocurrido, por ejemplo, en Andalucía con Maíllo como adalid de esa “unidad” de pastiche a la que mucha gente ha cabreado y que, seguramente, va a votar con pinza en la nariz. El modelo extremeño no es el andaluz ni de lejos. Ya se le olvidó a la dirigencia de IU que cuando Pablo Iglesias y Alberto Garzón sellaron el pacto de los botellines IU tenía dos diputados. Con el pacto le dieron hasta ocho, que ya ve usted. Pero la operación sumar alcanzó otros daños colaterales porque la misma IU ha sido víctima de ese estropicio politofágico haciendo que por primera vez no tuviese representación en unas elecciones europeas. Oleee, pero yo sigo en esta casa en ruinas porque es guay mantener el silloncito, la calidez de un hogar de acogida. Dignidad es irte al grupo mixto y no hincar las rodillas ante la hunillación. Lo otro son componendas propias de quienes viven la política desde el posibilismo, desde el tacticismo cortoplacista o desde el miedo, por ejemplo, a ser irrelevante. Pues bien, es preferible ser irrelevante con dignidad que tener algo por el miedo a no perder el sillón, ya que la verdad siempre será verdad aunque solo la defienda una sola persona. Lean a Ghandi, que igual les ilustra más que yo. Pero ¿a cuento de qué estoy con esta exposición que igual raya a más de una persona? Esto lo voy a dejar para el próximo artículo, pero fíjense en el detalle del título de este artículo porque es esencial para entender la unidad de acción más allá del tacticismo electoral. Así, igualmente, vamos a entender por qué se han dado ciertos pasos y por qué no debieran darse otros.

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