INSUMISION CIVIL, REBELDIA CON CAUSA

Contrariamente a lo que se nos quiere trasladar, existe una corriente de esperanza que se está canalizando desde el espectro de población juvenil, como motor de rebeldía, en torno a cuestiones básicas como garantizar el derecho a la vivienda en España, la educación en Francia o la insumisión ante el retorno al servicio militar obligatorio en Alemania en “virtud” de los ajustes presupuestarios para favorecer las políticas de rearme. A este movimiento de respuesta juvenil hay que añadir el que se está dando en el sector público o en actividades cuyo desarrollo depende en gran parte del presupuesto público. Es lo que ocurre con el personal de contraincendios forestales, educación infantil, comunidad educativa en centros públicos (progenitores, alumnado y personal docente y no docente), personal sanitario, cuidados a domicilio etc., cuyo hilo conductor en Francia y España es el desvío de fondos públicos hacia el sector privado o la política de recortes sociales para beneficiar el rearme pactado en el contexto de la sumisión lacaya hacia el imperio yanki y su presidente psicópata. O sea, volvemos a lo de siempre: es el capitalismo, imbécil, al que tanto adoras o tan poco combates. Es el sistema que sólo puede tumbarse desde la insumisión civil colectiva pero desde profundos cambios transformadores individuales, porque sin estos el cambio colectivo llega amputado y no cuaja, se diluye con rapidez. La masa crítica no se expande en un día, ni a través de un estallido de un momento. Eso también lo hace una pompa de jabón y fíjate lo que dura. Tomar conciencia profunda que este sistema mata literalmente tanto física como emocional o mentalmente es clave para poder combatirlo. Sin esta claridad de ideas no será posible acometer ningún proceso de transformación puesto que los enemigos son poderosos. El sistema tiene sus piezas bien entrenadas y dispuestas siempre a dar la batalla, utilizando cualquier medio a su alcance para alcanzar los objetivos sin el menor escrúpulo. Si tienen que destruir reputaciones, vidas, proyectos, lo harán sin pestañear. Si tienen que sacarte de la circulación y que pases al ostracismo, lo harán sin dudarlo. Si eres alguien podrías pasar a ser nadie o nada. Conocemos muchos casos, tanto cercanos como lejanos, en distintos ámbitos que nos muestran cómo opera el sistema y su maquinaria. Poder mediático, poder judicial, aparato de represión del Estado y escuadrismo fascista permitido para actuar amedrentando con todo tipo de violencia, organizaciones sindicales arrastradas, lacayas del poder, organizaciones políticas colaboracionistas y denominadas de izquierda o progresistas, porque de las derechas no debemos esperar otra cosa, sistema bancario, poder legislativo donde sus señorías representan intereses espurios en una buena parte, otras organizaciones sociales en general desmovilizadas por su deuda de gratitud con la administración de turno por cuestiones de subvenciones o favores opacos, la industria farmacéutica que te vende un medicamento que sabe que no cura y solo alivia, las energéticas que contaminan pero compran voluntades políticas para seguir haciéndolo, las iglesias (católica, evangélicas...) como soportes ideológicos de la opresión del sistema a través, por ejemplo, de sus centros educativos o de culto donde, principalmente, se propagan las ideas de derecha o extrema derecha, además sostenidas con fondos públicos en particular la iglesia católica, los grupos de presión o lobbies y así puedo seguir un rato más. El sistema entiende que todo se puede comprar y que, por tanto, prácticamente todo está en venta en un sistema donde el verdadero dios es el mercado. Cuando el sistema, a través de sus piezas principales, compra políticos a través de puertas giratorias y, por tanto, también compra a las organizaciones que les dan cobertura, está corrompiendo la auténtica naturaleza de la política cuya práctica es esencial para que continuar funcionando con normalidad, para que el engranaje no falle. O cuando logra imponer sus marcos mentales sin tener que llegar a comprar directamente voluntades, sabe que está jugando con las cartas marcadas, sabe que tiene suficientes bazas porque en el seno del “enemigo” hay topos como son las organizaciones sociales y políticas colaboracionistas, sumisas al poder y su entramado. Por eso se puede permitir pensar que todo está en el mercado, incluso la dignidad, la rabia colectiva. Sus riesgos aparentemente son calculados, pero existe el factor sorpresa y lo colectivo desborda hasta el punto que puede provocar la caída de un gobierno o, incluso, la caída de un régimen determinado aunque, ciertamente, lo colectivo es manejable, voluble, si no tiene una seña de identidad propia que le da su pensamiento, su ideología que aglutina y da forma al movimiento popular. Y es aquí donde quiero poner el foco, en lo colectivo, en la capacidad de dar una respuesta popular ante los desmanes de un sistema que ha de desaparecer porque significa la muerte, significa el enaltecimiento de la deshumanización. Así, pues, no queda otra posibilidad que la de ir dando una respuesta organizada sin tutelas de las organizaciones vendidas al capital, al pensamiento burgués reflejado en un raquítico concepto de democracia que no sirve, en absoluto, a los intereses de la mayoría social. Una respuesta popular sostenida en el tiempo, transversal a todos los segmentos de edad y sectores económicos, basada en la insumisión, en la rebeldía con causa justa pero, igualmente, habría que cambiar muchos parámetros mentales sobre todo lo que concierne en el terreno de la autodefensa cuando te agreden desde las mismas fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado sin que medie causa justa. A lo mejor habría que obligar al Estado a modificar los criterios de intervención de los cuerpos policiales, o a lo mejor es que al ser el Estado enemigo y parte del problema haya que romper el monopolio de la fuerza organizada a través de la autodefensa colectiva porque lo que estamos observando en los últimos años no invita a otra reflexión diferente. Se trata de un derecho legítimo, reconocido en el marco internacional, el que la población pueda defenderse de un agresor pero, claro está, aquí el agresor no es externo, es alguien que recibe su salario de tus impuestos, que se supone debe proteger tu seguridad y no generar más inseguridad, que debe ponderar la fuerza si hay provocación y peligro para la seguridad global. Y este no es el caso a tenor de lo que venimos observando. Por tanto, yo me voy a descolgar de actitudes pacifistas aunque me considero una persona pacífica. Si vienen a agredirte tienes el derecho a defenderte y ya se puede poner la prensa de derecha como quiera luego, pero si un tipo entrenado le pega un empujón por la espalda a una docente jubilada no está ejerciendo la autoridad sino el matonismo con placa, el escuadrismo fascista y a eso se debiera responder con la misma proporción. Esto, ciertamente, debe formar parte del manual de la insumisión civil colectiva, en el que cualquier manifestación pacífica no se puede convertir en una ratonera por parte de unos energúmenos con placa. Si el Estado no acaba con ello, porque es parte del problema y le interesa una población acogotada, asustada, entonces tendrá que ser el movimiento popular quien debiera hacerlo. Esto es un debate político que plantea la legitimidad de la autodefensa frente a la desestabilización y provocación institucional, frente a la violencia estructural que ejerce el Estado contra su ciudadanía sin que, por otro lado, haga lo más mínimo por apartar del servicio a estos energúmenos que, por otro lado, protegen bien a concentraciones o manifestaciones filofascistas pero cargan contra cualquiera de las organizadas por movimientos sociales de izquierda. Esto, en un supuesto gobierno progresista, no se entiende bajo ninguna de las formas razonables, sólo es entendible desde la perspectiva de ser parte del problema en lugar de la solución. Aquí estamos asistiendo, además, a continuas declaraciones de ex militares o, incluso, de policías en activo llamando a un golpe de Estado, y no pasa absolutamente nada. Total impunidad. Lo que planteo es abrir un debate sobre la aplicación del derecho a la autodefensa colectiva ante la violencia institucional o violencia externa sin que medie la intervención policial para proteger a la parte agredida, que debe formar parte consustancial de cómo organizar la insumisión civil ante los desmanes del sistema. Si el Estado me protege, me da seguridad, será mi aliado. Si el Estado va a por la población, a cercenar sus derechos, con todo tipo de violencia ¿cómo se supone que ha de responder la población civil agredida en su conjunto? Está claro que debe responder y, mira por dónde, siguiendo el manual de un filofascista como Aznar “el que pueda hacer que haga”. La vía pacífica debe ser siempre la baza principal en lo individual y lo colectivo, pero una provocación tampoco debe quedar impune y lo que empíricamente sabemos es que el Estado intentará que el manto de impunidad vista cualquier acción que atente contra los derechos de la ciudadanía. Por eso mismo, desde una perspectiva marxista, cualquier movimiento popular debe conquistar el Estado, o sea conquistar todo su poder con sus respectivos aparatos, no para perpetuarse sino para destruirlo porque el Estado es un potencial enemigo. Ese objetivo es el que, al alcanzarlo, dotaría al conjunto de las clases populares de la autonomía de funcionamiento, pero para caminar un largo camino hay que comenzar con pasos cortos. El paso corto es hoy a través del movimiento por el derecho a la vivienda, a unos servicios públicos blindados y de calidad, por la redistribución de la riqueza, por la paz estando contra la política de rearme y sus reajustes presupuestarios, por un trabajo digno que permita vivir con dignidad porque trabajar es para vivir bien, pero vivir nunca debe ser para trabajar más enajenando tu libertad y regalando tu mano de obra. No olvidemos que es la fuerza de trabajo la que genera plusvalía o valor añadido, la que genera riqueza con lo que está en manos de la clase trabajadora el poder darle la vuelta a la situación. Requiere conciencia de clase, sentido de lo colectivo o de grupo, cuya expresión política hoy, como ayer, debe estar en construcción por el mismo sentido del movimiento, pero jamás esa expresión debiera pasar por quienes son apéndices del sistema porque entonces estaremos abocados a perecer por el abrazo del oso.



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