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INSEGURIDAD Y MIGRACION

  • Antonio
  • hace 3 minutos
  • 7 Min. de lectura
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El auge de la extrema derecha está asociado a un discurso, clásico por otro lado, que hace referencia a la migración como un problema para la convivencia porque es una situación, la migración, causante de un mayor índice de delincuencia, violaciones, ocupaciones de tu querida casa si vas a comprar el pan, de la pérdida de identidad nacional (ese sentido identitario de pulserita rojigualda) por aquello del reemplazo genético. O sea, si analizan bien estamos ante esa ola reaccionaria que asoló ya Europa en los años 30 con el ascenso del fascismo en Italia y el nazismo en Alemania, la renovación del Ku Klus Klan (segundo KKK, entre 1915-1944), todo -además- dentro del orden neoliberal, de ese engendro que llamamos democracia liberal que no es otra cosa que una farsa a gran escala para justificar la influencia de las oligarquías a través del juego electoral. O sea, un arma más del capital para mantener engañado al pueblo que se cree que democracia es ir solo a votar cada cuatro años. Y, claro está, luego pasa lo que pasa..., pero volvamos a lo que nos trae hoy, al racismo institucionalizado que está permeando en las capas sociales más bajas porque, en realidad, se trata de azuzar el miedo de las clases populares contra la gente más vulnerable en un país extraño. Es fomentar la lucha del penúltimo contra el último, la insolidaridad, la desconfianza, la criminalización por venir de un país ajeno, tener un color de piel más oscuro (aunque no sea negro total) porque si eres blanquito y comes jamón no pasa nada. O sea, aquí se ha acogido a la población ucraniana sin problema alguno, a raíz de esa guerra alimentada por Europa, pero acoger a gente que viene de otras masacres como, por ejemplo, la de Gaza pues va a ser que no. O el Sahel, que tampoco porque esos ya son negros totales. Vayamos por parte entonces.

Cuando el capitalismo entra en crisis (ejemplo, el crack de 1929) la salida bestia es despertar a los perros de presa que vigilen sus privilegios para, una vez pasada la marea, volver a ponerlos en segundo plano. El fascismo, el nazismo, fueron respuestas que fagocitaron, incluso, las premisas de aquellas oligarquías de entonces y a los que hubo que aplastar inmersos en una guerra global con un enorme sacrificio de vidas humanas, tanto del campo de batalla como de la dinámica de guerra del genocidio nazi al que, hoy, copia con vehemencia el descendiente sionista de quienes fueron asesinados en masa en las cámaras de gas de campos de exterminio.

El proyecto sionista de Israel es la máxima expresión de un proyecto colonial, imperialista, que se funda en el supremacismo tanto étnico como religioso con la anuencia y apoyo, principalmente, de Europa y EEUU. Un proyecto racista, también, es el actual modelo político europeo con gobiernos de la ascendente extrema derecha, pero también con gobiernos de esos que se llaman moderados y, aquí el drama, con algún gobierno que se dice progresista que compra el relato de la agenda ultra. Gobiernos como Italia y Hungría, con la extrema derecha clara en el poder; en Francia con la “moderación” de Macron, Alemania con la coalición antes del progresismo socialdemócrata-verdes y liberales, y ahora con la democracia cristiana del CDU y el SPD, en España con PSOE y Sumar son algunos de esos ejemplos a los que se criminaliza al migrante pobre, al que llega a ganarse la vida pero no al del fondo buitre que se queda con tu vivienda para especular con ella. Cada uno de los gobiernos que señalo actúan bajo el paradigma del racismo institucionalizado en casi todas las esferas de la sociedad. Pero no voy a extenderme sobre países extranjeros porque podríamos perder el foco del problema más cercano que es aquí, en España, un país que ha sido de migrantes a Francia, Suiza, Bélgica, Holanda, Alemania, México o Argentina. Un país cuya gente era exiliada económica durante el franquismo, además de la política, con oleadas de personas que se iban con aquellas maletas de cartón sin un futuro cierto porque el destino no te daba garantías de poder quedarte. También éramos unos indocumentados (quién dijo que nos llovían las ofertas), y ahora esos franquistas de pro tienen nostalgia de aquellos tiempos. Gente que no vivió lo que era la miseria, la pobreza, la servidumbre, el que no te dieran trabajo porque no estabas apadrinado por nadie del régimen, gente joven en muchos casos cuyas neuronas están cortocircuitadas por la ignorancia más sublime. Lo peor es que hay gente pobre que se traga toda la basura ideológica del espantajo del miedo al diferente, al que viene de fuera, porque pueden quitarte el trabajo pero no le tienen miedo al rico, al casero que te roba cada mes tu salario con el alquiler, al banquero que infla sus beneficios y no sabe qué hacer con él. Esa es la España nuestra, la de una derecha salvaje envalentonada porque no hay contundencia en un gobierno que permite actuar a los escuadristas de empresas de desocupación con acompañamiento de colega por la policía, a la policía racista tipo Los Ángeles matando a gente retenida en plena calle, a organizaciones políticas filonazis que vierten constantes soflamas contra la población migrante y muy en particular contra la población no blanca y organizan cacerías como las de Torre Pacheco al mejor estilo yanki del KKK, por tener a un ministro de Interior responsable de la masacre de los sucesos de Melilla, a los medios de comunicación que difunden o crean bulos sobre inseguridad relacionada con el migrante a sabiendas que esa noticia es mentira o sin que se haya comprobado su veracidad. O sea, un gobierno que mantiene ese estatus sin actuar de forma contundente posibilita un caldo de cultivo del fascismo por inacción u omisión, si no también por acciones desafortunadas comprando, incluso, el relato racista. Mantener a medio millón de migrantes sin papeles es un acto de cobardía cuando se sabe que esa gente trabaja en el mercado negro, no tiene derechos, están fuera del marco legal y son carne de cañón con el riesgo de ser deportada a veces en condiciones que, precisamente, no vela por los derechos humanos. Les rechazamos pero les obligamos a integrarse como nos de la gana. Mantener libre a tipos como Albiol que desaloja a cuatrocientos migrantes en plena navidad y su arenga antirracista, ayudando a bloquear ayuda de Cruz Roja y otras entidadesy sin ofrecer alternativa habitacional es para pensar que algo gordo está fallando. Ese tipo tendría, a día de hoy, tendría que haber sido esposado y llevado ante el juez, y si acaso fuera una jueza quien incurriera en racismo pues igualmente, pero como él hay muchos otros alcaldes votados por gente imbécil ya que no se me ocurre otro calificativo. Resulta que el migrante no blanco es el que viene a quitar empleo que el blanco no hace, porque es la puta realidad. Viene a ganarse la vida no a violar mujeres, porque la mayoría de los casos de violencia sexual (según datos oficiales además) no vienen del entorno de personas migrantes, ni los casos de pederastia que le pueden preguntar a la muy santa iglesia católica pero a estos le pedimos su bendición para nuestros golpes de pecho y no son un peligro. Resulta que se levantan muros de ignorancia primero para luego levantar los de piedra, los de papel o burocráticos, los del desprecio porque no tiene pasta como la mafia que vive en el barrio de Salamanca al que le llaman ya little Caracas. De estos no se habla sino del pobre desgraciado que en su país no tiene absolutamente nada, ni el derecho casi a vivir. Pero, sin embargo, esos tipos de los invernaderos que se colocan banderitas rojigualdas en la pulsera o en el balcón de su casa protestan cínicamente porque la migración es un peligro ya que van a reemplazarnos pero no dicen a cuánta gente indocumentada está explotando laboralmente con salarios de miseria y bajo coacciones o chantaje. Está visto que hemos normalizado el discurso racista, que es de odio, promovido por el auge del fascismo, por el auge de la estupidez humana que maldigo eternamente hasta que se consuman en su propia ignorancia, hasta el punto de creernos los relatos difundidos bajo el sello de noticia cuando no es más que un aspecto de la batalla cultural apoyada por determinados medios para criminalizar al migrante pobre. Es una vieja táctica esa de echar a pelear a los de abajo para que no mires hacia arriba, y si tú que eres gobierno en lugar de arbitrar medidas contundentes te encoges de hombros estás colaborando a que eso sea posible. Por tanto igual sí que habría que endurecer las leyes contra quienes promueven todo este aquelarre en torno a la inseguridad vinculada a la migración para que el miedo se apodere de nuestras entrañas. Endurecerlas que posibilitaran disolver a cualquier entidad que atente contra los derechos humanos más básicos sin miedo a que digan que estás polarizando como ese anuncio de televisión, porque quien polariza es quien es racista no quien se defiende de ese ataque o quienes defienden a esa gente para que no se les ataque. Voy a seguir insistiendo que la contundencia es necesaria en tiempos como el que vivimos porque no puedes pretender dejar que crezca una enfermedad y luego querer curarla con un simple paracetamol. Vamos a prevenir invirtiendo en los países de origen, en derechos humanos como son el acceso al agua, a la educación, a la salud porque ya lo de la vivienda no lo digo para fuera cuando aquí eso no existe. Invirtiendo bajo un control estricto de fondos finalistas para los proyectos concretos, pero es mejor invertir en armamento para que se sigan matando gente, para seguir extrayendo recursos de esos países de donde viene esa gente que rechazamos pero explotamos. Actuar en origen tendiendo puentes en lugar de murallas y, sobre todo, prescindiendo de la compañía de tipos como Trump y sus acólitos europeos porque ese es el peligro real que tenemos. Gente como él o Elon Musk son un claro ejemplo del verdadero peligro para la humanidad, no el pobre que llega en patera. Solo queda que no te creas el relato de la inseguridad con la migración, ni siquiera el que te cuente tu vecino.

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